La jubilación es un viaje de ida

El Mentoring, una herramienta para repensar nuestro rumbo 

Por Ernesto Beibe

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Un día cualquiera, Pedro se despertó como siempre.

Con el mismo ritual ensayado todas las mañanas de los últimos 35 años. Una ducha, la afeitada al ras de rigor, el recorte del bigote. Dos cachetadas de agua de colonia importada más tarde se vistió en cámara lenta. Para poder, otra vez, rememorar la agenda y prolongar la expectación de un nuevo día de trabajo.

Primero se puso la camisa planchada en la tintorería. Nunca resignó la calidez de ese tacto ni tampoco el detalle de acomodarse los gemelos de oro. Eligió, para variar, uno de los trajes que mejor le cuadran a la hora de reafirmar, sin alharacas pero con firmeza, su condición de gerente general.

Buscó la corbata de seda natural que combinara mejor frente al espejo de la sala de estar y se sentó a esperar a que el chofer estacionara, como era su costumbre, sigilosamente, frente a la entrada de su casa.

La ceremonia se repite desde hace ya diez años: bajar por el ascensor, caminar hacia la puerta del edificio y encontrarse al chofer con la puerta entreabierta en perfecto contrapunto. Un acto que invoca tanto de reverencia como de orgullo.

-Buenos días, señor Director.

Una vez adentro, el auto se dispondría a arrancar, en guardia ante la hostilidad del tránsito, rumbo al lugar de trabajo. Pedro bajaría entonces frente a la entrada principal donde un coro de empleados lo saludaría con un maridaje de respeto, pompa y circunstancia. Pedro ordenaría finalmente a su chofer entrar en la cochera para tomar el ascensor privado con entrada directa a su oficina.

Pero no. Hoy, Pedro fantaseaba una entrada diferente. Esta vez se proponía entrar por la puerta principal y abarcar con su vista la magnificencia del interior del edificio y el cortejo de empleados atareados cuyo destino estaba en sus manos.

Ya en su oficina, pensaba, sentado en su poltrona preferida, observaría a través del ventanal la panorámica exuberante del río, los parques aledaños, la gente en miniatura. La platea preferencial de los mandamases.

Él era uno de ellos y lo parecía. Pedro dedicaba horas a cuidar su figura con desafíos de tenis y golf en el club en el que convergían colegas de otras sucursales del banco. Por eso estaba siempre bronceado, atlético, poderoso. Todo su entorno, el familiar y el social, pivoteaba en torno a las exclusivas instalaciones a las que sólo tenían acceso los cargos jerárquicos de la entidad en funciones.

Pedro miró su reloj y bajó a la hora exacta en que su chofer le abría, desde hace diez años, todos los santos días, la puerta del coche.

Sin embargo, el coche hoy no ha llegado. Raro, pero nunca se sabe con los atascos del tránsito. Diez minutos de espera lo irritaron. Pedro siempre fue un fundamentalista de la puntualidad.

Aún faltaba media hora para que llegara su secretaria, a la que esperaba, magnánimo, desde su amplio escritorio de caoba en el que recibía a clientes y subalternos.

No tuvo más remedio que volver a su departamento a atisbar, en vano, el espectro del auto negro y lustroso sobre la calzada.

Llamó a la oficina, lo atendió su secretaria con más deferencia que la habitual y los nervios no le correspondieron la atención. Pedro le reclamó, imperativo, por la tardanza del coche y el silencio del chofer. La secretaria mantuvo imperturbable el tono jovial.

-Don Pedro, perdone. Usted se acaba de jubilar. Ayer fue la despedida y usted mismo nos confesó lo ilusionado que estaba con volver a tener tiempo, algo que por cierto, todos le envidiamos…¿No se acuerda? Juan, su chofer, fue uno de los más conmovidos por su partida. Tantos años de ir a buscarlo y ahora no sabe quién le tocará en suerte.

Pedro cayó en la cuenta de que su ya ex secretaria tenía razón y por momentos creyó que se había vuelto loco. Había esperado este día como agua de mayo. El Día Después de la Jubilación. El de la libertad. El del permiso para hacer lo que quisiera, acostarse a cualquier hora, no hacer nada, la licencia definitiva para descansar de tantos años de responsabilidades, de celos, maledicencias. El preludio de la felicidad.

La rutina amaestrada de los últimos 35 años le había jugado una mala pasada. Los hábitos cincelados por el tiempo le ganaron de mano.

Ahí estaba Pedro sin decidirse a sacarse el traje, impregnado de los vapores del agua de colonia importada. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Qué hace la gente normal?, se preguntó. ¿Ponerse el pijama? ¿Vestirse de sport y salir a caminar por la ribera, como había cavilado los meses anteriores?

El Día Después de la Jubilación de la biografía personal prescribía desandar el camino, olvidarse de todo, romper la agenda, olvidar las órdenes del día. Pues bien. Todos de acuerdo. Pues mire usted. ¿Cómo se hace?

Para colmo, Pedro empezó a recordar las escenas de la despedida. La barbacoa en el club, su discurso querendón e indulgente sobre el rejuvenecimiento y las emociones que entraña abdicar de las responsabilidades.

También asumió que ya no habría partidos de golf ni tampoco podría defender en la cancha su record de victorias con la raqueta.

Demasiada información. De golpe, Pedro se sintió viejo. No sólo viejo, también derrotado. No ha pasado una hora del Día Después de la Jubilación y esto ya se parece a la eternidad.

Estas historias, querido lector, las escucho a diario. Como mentor recibo consultas de hombres y mujeres que llegan a esa instancia en que la vida profesional perfila un fin de ciclo y el comienzo de otro aún está lejos de convertirse en un tiempo de coser y cantar.

Más allá de las medallas en la charretera, la relación de dependencia o la colección de emporios, a todos nos llega las generales de la ley, aplicables a quienes hayamos trabajado en una institución. Es decir, cualquier organismo, escuela, hospital, fábrica, compañía.

Hay una razón para llamar institución a este tipo de empleo. La palabra proviene del latín instituere, un legado de las tradiciones de la antigua Roma. En la capital del Imperio, todo patricio poseía su séquito de esclavos. Pero los esclavos no eran sólo africanos engrillados impedidos de todo albedrío.

Quienes adquirían su condición de ciudadanos civiles, pedagogos, contables, herreros, talabarteros, de profesionales, ya entonces como ahora, podían quedarse en algún momento sin una dracma para vivir. O tenían miedo de circular por las calles expuestos al repertorio de la barbarie.

Entonces se acercaban a la casa del patricio a pedirle que los tomaran como esclavos, lo que les aseguraba nada menos que techo para ellos y sus familias, además de sustento, seguridad. Incluso podían reconquistar su libertad al arbitrio de la voluntad del patricio o del dinero que pudiera comprara.

Así llegamos a instituere, que no era ni más ni menos que aplicar en la testa del esclavo una marca a fuego, que los identificaba de esa manera con la institución. Los esclavos eran de todo pelaje y escalafón, por antigüedad, liderazgo entre los suyos, pero todos estaban instituidos.

Hoy por extensión la palabra contempla a centros hospitalarios, de salud mental, educativos, de castigo. De ahí que es importante distinguir entre «institucionalizados» e «instituidos», que son aquellos de quienes trato en este relato.

De alguna manera, a gusto o a disgusto, el arco contempla tanto a los menos favorecidos como a los mejor remunerados. Cajeros, jefes de sección en una metalúrgica, directores de empresas de servicios, gerentes generales. Todos confluyen en la misma circunstancia de tener puesta «la camiseta» de la institución. Sea cual fuere la medida del orgullo que genere estar bajo su tutela, toda institución tiene normas que deben seguir todos los integrantes de la cadena productiva. Si algo se sale de la norma, sobrevendrá inexorablemente la llamada a consultas, o el simple y llano acatamiento. «Esto –mentará alguno- viene de arriba y hay que cumplir».

En días de incertidumbre, a nadie se le ocurre cuestionar la legitimidad de ese pacto. Basta con tener un horizonte más o menos garantizado –es un decir- para estar institucionalizados y a mucha honra.

En mi rol de mentor tengo la oportunidad de registrar decenas de casos como el de Pedro. El de las personas que se jubilan y entran en una espiral de pérdida de liturgias y de su lugar en el círculo. Del amparo de las normas y de la contención que genera cumplirlas.

Es allí cuando el Día Después se reconvierte en el Día Después de la Jubilación. Ya sin el collar y la traílla, sin la oficina ni los subordinados, todos los Pedros del mundo tienen que decidir cada paso que van a dar. Un acontecimiento que a la mayoría le produce pánico y desasosiego. No es fácil aprender durante tantos años a ser dueños de uno mismo.

Como mentor, estoy convencido de que hay que prepararse para enfrentar el Día Después. Para que los votos de libertad, felicidad, júbilo, placer, sean reales, concretos y verosímiles, no sólo declamados en la tertulia del café.

Para prepararse está el Mentoring, al que me he dedicado tantos años. Para organizar la etapa que se viene y sortear todos los entuertos del mientras tanto. Para elaborar los duelos por aquellos trances de la vida profesional, malos o buenos, que ya no volverán. Para gestionar la ausencia de los ritos del entorno, los corrillos, la pertenencia, el consuelo de la delegación de soberanía en los demás. Para repensar y procurarse un nuevo almanaque de hábitos sin la venia del mundo que nos rodeó hasta ahora.

El momento en que sobreviene el estímulo por la inminencia de la jubilación es el ideal para empezar a ocuparse de lo que sucederá el Día Después. De los puentes que se pueden tender, de las actividades que nos quedaron pendientes, de las ilusiones que hemos relegado por el precio de vivir.

Porque a los 60, 65 años, se es fuerte, se es joven y lamento informarles que las pensiones no siempre alcanzan para llenar la olla, y mejor no tener que salir al último momento a mendigar mendrugos de trabajo a cualquier precio y humillación.

La jubilación, tenga fecha programada o apenas adopte la forma de un fantasma que empieza a pesar, viene con un pack de síntomas de los que es difícil desentenderse: desorientación, incapacidad de tomar decisiones, miedo a la inactividad, desadaptación, nostalgia del orden de la organización. Achaques de melancolía y ansiedad que redundan en conflictos familiares, los temidos complejos de la vejez. Un formulario de inquietudes de todo cuño.

 

Este articulo está escrito con el afán de hacerles saber que hay una salida para las dificultades que se puedan generar. Cada caso es un mundo, por eso es imprescindible que podamos conversarlo personalmente para poder llegar a una estrategia: https://ernestobeibementor.com/Entrevista-con-Ernesto

 

Me comprometo a acompañarles a recorrer un mejor camino en el tiempo que nos toque vivir.

 

Ernesto Beibe

Mentor

 

60años, jubilación, mentoring

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