Por Eduardo Pavlovsky

Cuando subí al taxi lo primero que me llamó la atención fue que el taxista llevaba sobre la cabeza un sombrero marrón claro con una faja roja y visiblemente ladeado sobre su cabeza. El hombre tendría entre 65 y 70 años, y silbaba muy alegremente. Pasé un rato observando su cabeza, había algo que me cautivaba, me seducía. El color, tal vez marrón muy clarito. La faja roja y el tono inclinado de su postura. Le quedaba muy bien y lo portaba con una elegancia singular. Diría yo que estaba orgulloso de su prenda.

sombrero

–Lo felicito por su sombrero –le dije–. Le queda muy bien. Lo lleva muy bien.

–Eso es lo importante. No sólo ponérselo sino llevarlo con alegría. No sabe usted los sapos que me tuve que tragar con los pasajeros. Un señor sesentón me preguntó si yo tenía hijos. Le dije que dos. El agregó: “Y sus hijos no le dijeron que a su edad ese tipo de sombrero, encima ladeado, es un mamarracho, una falta de seriedad inconcebible”. “¡A mí me gusta mucho!”, le contesté. “Que le guste mucho no significa que no sea una actitud provocativa. Como si yo anduviera en calzoncillos en Cariló porque me gusta mucho. Además, ¡ese color no es para su edad!” Se bajó tremendamente ofuscado y haciendo gestos de desaprobación.

Una señora me preguntó de dónde había sacado ese sombrero. Le dije que se lo había visto puesto en una película francesa a Alain Delon y, cuando cumplí 60 años, me lo hice igualito y a medida. “¡De la mafia francesa tenía que salir! ¿Usted tiene familia?” “Enviudé a los 50 años y tengo dos hijos y un nieto.” “Hágalo por su nieto: cómprese una buena gorra y sáquese ese sombrero mafioso, hágalo por su nieto.”

La verdad es que yo no comprendía la relación que establecían entre mi familia y el sombrero. Pero parecía muy importante para ellos. La señora permaneció en silencio durante todo el viaje y al bajar me dijo: “Cómprese una buena gorra, no se olvide. Pero no de colores chirriantes, discreta”.

El colmo fue un señor que entró al coche y en la primera esquina me dijo que me detuviese y se bajó mientras gritaba: “¡Yo con putos no viajo!”.

Una adolescente me preguntó de dónde había sacado ese sombrero, que le dijera dónde lo podía comprar para usar en su disfraz en los próximos carnavales.

–Usted sabe una cosa, mister (me gustó lo de mister). Los domingos voy a comer un asado a lo de mi hermano que vive en una villa y nadie nunca me dijo nada allí y voy siempre con el sombrero puesto, y no me lo saco.

–Lo que pasa –le dije– es que aquí viaja la clase media, la del sentido común –le comenté–. Esos son los que tienen los prejuicios. El hombre común.

Pensé en esos momentos en una frase de Noé que dice que en Buenos Aires, donde a todo le tienen miedo, todo se resuelve con “colorcitos” y “tonitos”, y donde el concepto que regula es el de la “justa medida”.

–Yo lo estuve pensando mucho y llegué a una conclusión. La gente no aguanta que uno la pase bien. En general la gente no se anima a hacer las cosas que le gustan. Se sienten frustrados toda la vida. Mi sombrero es todo lo que ellos no se animaron a hacer por miedo, por temor a la crítica. Estoy seguro. Cuando ven un laburante con un sombrero original, sufren. No se lo bancan.

Yo quise a una sola mujer y cuando se murió ella tenía 45 años. Estuve 25 años enamorado de ella. Después, un gran vacío insoportable –algunas minitas–, pero nunca la pude olvidar. El amor que sentía por esa mujer fue y será irremplazable. Si le digo la verdad, yo me he sentido siempre muy feliz. Viví una vida digna. Siempre hice lo que quise. La muerte de mi mujer fue el golpe más fuerte que tuve en mi vida. Pero estoy seguro de que a ella le hubiera gustado mucho. En el fondo creo que me lo pongo para ella. A ella le gustaba mi coquetería. La enorgullecía.

Ahora aprendí a festejarme, ponerme el sombrero de Alain Delon me hace bien. Me lo merezco. Nunca tuve vergüenza. Mis hijos me dicen: “¿Hoy salís con el sombrero, viejo?”. Me quieren. Saben que estoy contento cuando me lo pongo. Que estoy orgulloso. “Vos estás más alegre desde que usás ese sombrero”, me dicen. La primera vez que fui a la villa a comer un asado y vieron que me llevaba el sombrero, mis hijos me acompañaron. Tenían miedo por las cargadas pesadas. Nadie nunca me dijo nada. En la villa no son prejuiciosos. Pero ahora, en mis 70 años, cometí un solo error…

–¿Cuál? –le pregunté.

–Me enamoré hace dos meses de una pendeja de 30. Hay un proverbio árabe que dice que el amor a esta edad se sufre mucho. Estoy como loco.

–Escúcheme, mi amigo –le dije–. El amor a su edad, lo que usted siente es lo importante. ¡Usted está vivo! ¡Más vivo que nunca! Lo importante es haberse animado a enamorarse, sentir todas las alegrías y los dolores del mundo. El amor es como su sombrero. Es el riesgo de vivir intensamente. Usted no se jubiló de la vida. Deje que el amor lo invada. Es una transfusión de vida.

Ahí el taxi paró en Astilleros y Sucre. El se dio vuelta y me dijo con los ojos llenos de lágrimas: “Gracias, hermano, sus palabras me hacen bien. Yo no estoy jubilado de la vida. Es cierto”. Me dio la mano y yo se la di también. Los dos estábamos llorando. Pero era un llanto lindo. Libre de prejuicios. No éramos hombres comunes.

Fuente: El sombrero, Eduardo Pavlovsky, Contratapa, Pagina 12

* Psicoterapeuta, autor, actor y director teatral. Entre sus numerosas obras se cuentan El señor Galíndez, Potestad y La muerte de Marguerite Duras.